Sociedad

¡LLEGA LA PRIMAVERA!

Por: Leidy Minota

La primavera simboliza encuentro y renovación de la naturaleza. Todos los 21 de septiembre, en nuestro país se festeja el día de la primavera con alegría. Para muchas personas, ese día, el mundo florece.

De rosa, azul violetaceo, amarillo y verde se viste la primavera en Buenos Aires.  Los bonaerenses festejan el día de la primavera como símbolo de una oportunidad de cambio, como el encuentro con la felicidad y para muchas personas, cada 21 de septiembre el mundo florece.

En primavera también brotan las ideas y despierta la creatividad, los artistas sacan sus pinceles y forman paisajes, las notas musicales danzan al son de una tambora,  las palabras se agrupan en libros, aprovechan para abrir sus alas y volar a través de la ventana y las flores desprenden sus mejores perfumes.

En cada primavera  las flores de Jacarandá le dan color a las veredas de las calles y al prado de las plazas, ¡es un verdadero espectáculo visual!, por eso todos esperamos este espectáculo que aparece destilado de la calidez del aire, su efímera y frágil presencia nos inspira cada año.

Fue en 1891 que arribó a estas tierras Argentinas, el paisajista francés Carlos Thays y desde su arribo a la ciudad, se encargó de la remodelación de la mayoría de espacios verdes de Buenos Aires; así que realizó un viaje al norte del país, para traer consigo Lapachos y Jacarandas que sembró en los parques de la ciudad y desde esa época, a la actualidad, hay un poco más de 11.000 Jacarandas (Según el último Censo del Arbolado Público Lineal de la Ciudad).

Otro espectáculo lo dan los Tilos, porque cuando están en flor, no sólo lo revelan los frisos de polvo amarillo que festonean el cordón de las calles, sino, sobre todo, el aroma que expanden sus floraciones.  Dicen que las flores de Tilo tienen  la virtud de lograr que los nervios se calmen, muy necesario para la rapidez del vivir en estos tiempos. El tilo que abunda en la región, fue la plantación urbana original de La Plata, llamada también la ciudad de los tilos.

Mientras que el lapacho rosado, llegó desde la selva tucumana salteña. Sus flores son de tonos más intensos (y a veces aparecen flores blancas), esta planta  florece a fines de este invierno y nos invita a aproximarnos a la calidez de la primavera. El nombre de este tipo de lapacho se lo dedicó el botánico Lorenz al insigne tucumano Nicolás Avellaneda (presidente de la nación en 1874).

Cuentan, también los Quechua, que un día la tierra estaba sumergida bajo el peso constante del invierno. Sus montes estaban permanentemente nevados y la escarcha quemaba los brotes tiernos de los prados. Los habitantes conseguían con dificultad el sustento y la vida resultaba sumamente dura.

Sucedió entonces que un guerrero llamado Sumac (bueno), decidió luchar contra la naturaleza e invocar a Inti (el dios Sol) para que calentara la tierra con mayor vigor.

Así que acompañado por hábiles expedicionarios, se dirigió hacia los nevados ventisqueros que conducían hasta las cimas. Durante el peligroso trayecto, muchos, quedaron atrás, y los pocos que siguieron fueron sorprendidos por una tormenta de nieve que bloqueó los caminos, sumiéndolos en la desesperación.

Sumac con desesperanza exclamó a los dioses una súplica de ayuda y amparo para seguir con su camino, porque con su estado se veían en la obligación de abandonar la expedición, pero Sumac con valor y con sus últimos esfuerzos, siguió trepando por las cornisas estrechas y congeladas hasta que pudo llegar, casi agonizante, al pico más alto de la montaña.

Con sus fuertes brazos extendidos hacia el cielo y con una voz fuerte invocó a Inti: con un canto ensordecedor: «Aparece, ¡oh, señor! Devuelve la vida a nuestra Tierra dormida».  El eco de su voz se expandió a todos los rincones del lugar.

Sumac permaneció de pie y observó con gran detalle cómo se apartaba, con especial encanto, el cortinado de violáceas nubes que tapaban el brillo del sol, las nubes se deslizaron pesadamente, permitiendo que los rayos del sol despertaran los tibios brotes de la tierra; la nieve derretida comenzó a caer por las laderas hasta llegar a los valles, y éstos, humedecidos, se llenaron de frutos jóvenes. El dios del Sol había escuchado sus súplicas.

Había nacido la primavera y desde entonces, cada que los rayos del sol descubren los opacos celajes del cielo, significa que Inti, el dios del sol, ha despertado de su sueño invernal, entre la humanidad. (Antología de leyendas Quechua)

La palabra primavera es resonante, se traduce como “prima” en latín que significa primera y “vera” que significa verdor. Lo que se simboliza la renovación de la naturaleza y la creatividad del espíritu humano. En nuestra latitud, esta renovación se da durante el equinoccio de primavera entre el 20 y el 22 de Septiembre, la luz perdura más en el cielo por lo que los días son más largos y todas las especies se encuentran en su mayor vigor.

Sabiendo todo lo anterior, decidí abrir las puertas del balcón y mi hogar se llenó de un fuerte aroma a tilos. Una delicada brisa pasó, sigilosa, entre los árboles, las calles, los balcones, entrando  por las ventanas de mi nariz y dejando en mi cabello flores de Lapachos y Jacarandas. Un rayo de sol tocó mi rostro y la vitamina D me hizo sonreír.

Así que preparé mi equipo de mate y con una sonrisa, bajé a la calle para caminar hacia la Placita de los vecinos en Boedo.

La antesala de la primavera tiene sabor a fruta y cuando los árboles empiezan a florecer la geografía se vuelve festiva, los parques y las placitas se envuelven en coloridos contrastes. La primavera simboliza el encuentro y la renovación de la naturaleza.

La consigna principal, para festejar el 21 de septiembre, es el de reunirse con seres queridos, amigos, familiares, amantes, para disfrutar de un encuentro, un picnic,  caminar descalzo por el césped y acariciar con nuestros cuerpos a la madre tierra.

Recuerda que en primavera se incrementan las caricias del sol y los sonidos  vibran con más intensidad,  se ven más nidos en los árboles y los cabellos huelen a frutas.

Al pasar por el árbol de Jacaranda, mágicamente,  vi a una flor salir volando.

Mientras haya en el mundo primavera, ¡habrá poesía! «Libro de los gorriones» (1868), Gustavo Adolfo Bécquer

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